CRUZADA CONTRA LA VULGARIDAD EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN
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¨La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos de su mediocridad¨.
Quiero con estas reflexiones unirme al clamor de miles de bonaenses impactados por la profusa, dañina e innecesaria proliferación de expresiones, ademanes y gestos vulgares en los medios de comunicación locales y nacionales.
Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, vulgaridad es casi exclusivamente, ordinariez o mal gusto, ausencia de modales o de elegancia; en suma, una disposición que no siendo necesariamente viciosa o constitutiva de falta moral, es siempre un defecto. Algo que, ciertamente, tiene alguna relación con lo que el filósofo griego Teofrasto entiende por rusticidad.
Aunque sin duda tiene que ver no sólo con los modales: también con los gustos o la expresión (tanto verbal como no verbal); con el pensar, pero igualmente con el hacer. Y si bien no cabe descartar que uno pueda ser vulgar en un aspecto concreto y no serlo en otros, yo más me inclino a creer que la vulgaridad atañe al conjunto de la persona: cuando alguien es vulgar lo es probablemente en todo y definitivamente, entre otras razones porque ni siquiera sabe que lo es, con lo que difícilmente se puede esperar que busque los medios para remediarlo. Es factible que, como sugiere Teofrasto, la vulgaridad nazca de la ignorancia o sea una modalidad de ella, pero, indudablemente, la ignorancia mayor en la que se encuentra sumido el individuo vulgar es la relativa al profundo desconocimiento de su condición de tal. Y hasta es posible que en no pocas ocasiones se vea a sí mismo como un tipo excelso y refinado.
Así, es igualmente vulgar el comunicador que hace una seña con los dedos al anunciar el tratamiento de la próstata, que el que impreca con un: ¡mierda!, ¡coño!, ¡coñazo!, !maldita vaina!, ¡no seas tú pendejo! que el que le cuelga, tirando el teléfono, a un tele-radio espectador que disiente de sus posiciones.
A veces quisiéramos creer que la vulgaridad tiene que ver con la falta de argumentos bien fundados y de un vocabulario rico, pero cuando escuchamos a un periodista como Alvaro Arvelo Hijo, un intelectual de amplios conocimientos casi en todas las ramas del saber, con una sarta de vulgaridades propias de la más baja ralea, se nos cae esta teoría.
Entonces tenemos que acudir a pensar que se trata de un problema de actitud o falta de sentido común, o tal vez de falta de control de nuestras emociones, lo que nos lleva a explosionar en un medio de comunicación sin pensar que frente a ese televisor hay alguien que siente tanto respeto por nosotros, que es capaz de imitar hasta nuestra respiración.
Creemos a pie juntilla, que, lejos de lo que podrían pensar algunos, el hecho de golpear sobre la mesa, usar frases fuera de tono y contrarias a las buenas costumbres, no le dan carácter de verdad a lo que expresamos, ni logran convencer más a los que nos ven o escuchan. Muy por el contrario, lo que hacen es generar malestar o rubor en quienes están interesados en escuchar nuestro punto de vista, no nuestra capacidad para emplear vulgaridades.
“Señor, haz que mis palabras sean dulces y tiernas, por si un día tengo que tragármelas”
¨La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos de su mediocridad¨.
Quiero con estas reflexiones unirme al clamor de miles de bonaenses impactados por la profusa, dañina e innecesaria proliferación de expresiones, ademanes y gestos vulgares en los medios de comunicación locales y nacionales.
Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, vulgaridad es casi exclusivamente, ordinariez o mal gusto, ausencia de modales o de elegancia; en suma, una disposición que no siendo necesariamente viciosa o constitutiva de falta moral, es siempre un defecto. Algo que, ciertamente, tiene alguna relación con lo que el filósofo griego Teofrasto entiende por rusticidad.
Aunque sin duda tiene que ver no sólo con los modales: también con los gustos o la expresión (tanto verbal como no verbal); con el pensar, pero igualmente con el hacer. Y si bien no cabe descartar que uno pueda ser vulgar en un aspecto concreto y no serlo en otros, yo más me inclino a creer que la vulgaridad atañe al conjunto de la persona: cuando alguien es vulgar lo es probablemente en todo y definitivamente, entre otras razones porque ni siquiera sabe que lo es, con lo que difícilmente se puede esperar que busque los medios para remediarlo. Es factible que, como sugiere Teofrasto, la vulgaridad nazca de la ignorancia o sea una modalidad de ella, pero, indudablemente, la ignorancia mayor en la que se encuentra sumido el individuo vulgar es la relativa al profundo desconocimiento de su condición de tal. Y hasta es posible que en no pocas ocasiones se vea a sí mismo como un tipo excelso y refinado.
Así, es igualmente vulgar el comunicador que hace una seña con los dedos al anunciar el tratamiento de la próstata, que el que impreca con un: ¡mierda!, ¡coño!, ¡coñazo!, !maldita vaina!, ¡no seas tú pendejo! que el que le cuelga, tirando el teléfono, a un tele-radio espectador que disiente de sus posiciones.
A veces quisiéramos creer que la vulgaridad tiene que ver con la falta de argumentos bien fundados y de un vocabulario rico, pero cuando escuchamos a un periodista como Alvaro Arvelo Hijo, un intelectual de amplios conocimientos casi en todas las ramas del saber, con una sarta de vulgaridades propias de la más baja ralea, se nos cae esta teoría.
Entonces tenemos que acudir a pensar que se trata de un problema de actitud o falta de sentido común, o tal vez de falta de control de nuestras emociones, lo que nos lleva a explosionar en un medio de comunicación sin pensar que frente a ese televisor hay alguien que siente tanto respeto por nosotros, que es capaz de imitar hasta nuestra respiración.
Creemos a pie juntilla, que, lejos de lo que podrían pensar algunos, el hecho de golpear sobre la mesa, usar frases fuera de tono y contrarias a las buenas costumbres, no le dan carácter de verdad a lo que expresamos, ni logran convencer más a los que nos ven o escuchan. Muy por el contrario, lo que hacen es generar malestar o rubor en quienes están interesados en escuchar nuestro punto de vista, no nuestra capacidad para emplear vulgaridades.
“Señor, haz que mis palabras sean dulces y tiernas, por si un día tengo que tragármelas”

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