Por Juana Peña Vargas
En grandes arboledas donde su verdor embellece el umbral de la vida, los pajarillos hacen cita
para entonar su trinar.
En una de su rama aparece una tórtola herida pidiendo
auxilio porque su valor
Se aniquila. Muchos les ofrecen ayuda, entre ellos un cuervo
que llegó a la arboleda
El cuervo tiene pensamientos ligeros y le propone el trato a
la tórtola de la
Silla de rueda, ella no pronuncia palabras porque está indefensa.
Él le cuenta a los pajarillos que ese negocio lo aprendió de
los humanos, que ellos usan a los indefensos, aquejados de dolencia física para
recoger limosna en las calles, muchas veces para fomentar sus vicios, olvidando
los rayos ardientes del sol, la penuria
y la enfermedad, porque lo importante es el personaje en la silla de rueda.
El cuervo continúa
explicando: La indolencia no tiene precio porque hasta sus hijos son
paseados a cualquier hora del día, porque su dolor no cuenta.
Ese grupo de personas ha perdido la sensibilidad y solo lo
mueve el signo monetario.
El cuervo termina
comentando: lamentablemente aprendí de ellos. Concluye el diálogo y
procede al paseo de la tórtola herida en
la silla de rueda, porque su objetivo es la lástima que ésta pueda causar para
recibir la moneda que quiere lograr.
La tórtola con su sufrimiento es transportada como un maniquí
a recoger las calles, causando la impresión de lástima y el cuervo con su
carita de galán malicioso le dice: no te cure ahora porque necesito el
trabajito.

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