
La psiquiatra Rebeca López explica las consecuencias para la salud metal en estos menores de edad
La muerte violenta en Higüey de Yaidy Chamil Cedeño, de 32 años y quien tenía 20 semanas de embarazo, deja una profunda herida en su familia, especialmente en sus tres hijos, de 13, 7 y 6 años, quienes ahora deberán enfrentar la vida sin el cuidado y la protección de su madre.
"Una familia fue desbaratada, tres muchachos quedaron huérfanos", expresó Luis Jiménez Cedeño, hermano de la víctima. Según relató, Yaidy había sido víctima de agresiones anteriores por parte del padre del bebé que esperaba y contra el presunto asesino se había emitido una orden de alejamiento.
La muerte de una madre a manos de su pareja o expareja no solo deja una víctima fatal. También deja hijos enfrentando una de las experiencias más devastadoras que puede vivir un niño: perder a su principal figura de afecto y protección en medio de un acto de violencia.
La psiquiatra Rebeca López, especialista en niños y adolescentes, advierte que las consecuencias emocionales de estos hechos pueden extenderse durante años y afectar profundamente el desarrollo de los menores si no reciben apoyo adecuado.
"Hay que entender que el niño no solamente está perdiendo a su madre, está perdiendo su figura principal de seguridad, de protección y de referencia afectiva", explica.
Según la especialista, tras un feminicidio, los menores pueden experimentar miedo intenso, confusión, tristeza profunda, rabia, culpa, sensación de abandono e inseguridad.
"Cuando la muerte ocurre de manera violenta, el duelo se suele mezclar con el trauma y aquí es importante el tomarlo en cuenta y no minimizarlo", señala.
Una doble pérdida, un duelo complejo
La situación se vuelve aún más compleja cuando el agresor es el padre, especialmente en aquellos casos en que este también se suicida tras cometer el crimen.
"En estos casos, estamos hablando de un duelo que es extremadamente complejo, porque el niño puede experimentar emociones que son dicotómicas, que van desde el amor hasta el miedo, desde la rabia hacia la culpa, hacia una misma figura", afirma López.
En esos escenarios, añade, el menor enfrenta una doble ausencia.
"Estamos ante una madre que es asesinada y un padre agresor ausente", señala.
La psiquiatra advierte que esta situación puede afectar el sentido de seguridad, identidad y confianza del niño, generando una profunda confusión emocional.
Más allá de la orfandad
Aunque toda pérdida genera dolor, López sostiene que la orfandad derivada de un feminicidio tiene características particulares que la diferencian de otros procesos de duelo.
"Si bien es cierto que en una muerte natural también hay dolor, en el feminicidio hay algo más que se agrega que es la violencia. Se agrega también la ruptura familiar, procesos judiciales, exposición mediática y muchas veces cambios bruscos en el hogar", describe.
Por ello, recalca que el impacto va más allá de la pérdida de un ser querido.
"Esto no es solo una pérdida, es una experiencia traumática que puede alterar toda la estructura emocional y social del niño", insiste.
Las manifestaciones emocionales varían dependiendo de la etapa de desarrollo.
En los niños pequeños pueden aparecer llanto constante, irritabilidad, regresiones en conductas ya superadas, miedo a separarse de sus nuevos cuidadores y alteraciones del sueño o del apetito.
En edad escolar suelen surgir sentimientos de culpa, ansiedad, rabia, preguntas repetitivas y dificultades académicas.
Mientras que en los adolescentes pueden observarse aislamiento social, conductas de riesgo, consumo de sustancias, autolesiones y síntomas depresivos.
"Pueden aparecer síntomas tanto de depresión e irritabilidad como ideas de muerte e incluso ideas suicidas", alerta.
Fuente Diario Libre










