Por Edelvis García Herrera
Después de gritar en todo el cuartel que “a los ladrones hay que darle pa bajo”, el cabo Flichito Soplete tomó una silla y arremetió bestialmente en contra de Brócolis De Jesús. Luego se remangó la camisa, se secó el sudor y tomó un chucho que colgaba en la ventana el cual aplicó sobre la espalda desnuda de su victima.
Al día siguiente de la golpiza, Brócolis amaneció tirado bocabajo entre sus propios vómitos; y un torrente de agua fría caía sobre su rostro hinchado. Tembloroso pudo levantarse a duras penas del frío suelo, y Felipo Blanco Trujibala, el dueño de la hacienda, ordenó, extrañamente, que se le dejará en libertad.
Arrastrando sus piernas putrefactas y desangrándose eternamente, la señora República había llegado al hospital desafiando la multitud enardecida que deseaba darle muerte a su hijo Brócolis, acusado de robarse un racimo de guineos.
-Doña-le sugirió el médico T. Meo De la Torre-: su hijo está mal, pero a usted la veo peor. Quédese para hacerle un chequeo. Se está deforestando y noto que hace años no recibe atención.
-Es que no he podido atenderme, doctor. Me han desfalcado y endeudado. Yo he producido riquezas para nada; me muero de la desnutrición y la miseria. Fíjese que mo me funciona ningún órgano. Me siento tapada, y cuando evacúo las heces van a los ríos y playas… nadie me quiere; y los politiqueros se aprovechan de mis hijos que viven en miseria. Me duele todo. Me han inyectado antivalores y me palpo tumores en la cabeza. ¡Ayyyy, y los hedores producidos por las llagas y el basural.
-Se le nota una profunda deshidratación, señora… ¿No toma agua?
- Casi nunca hay agua, doctor; a pesar de que a cada momento me inundo. Pero ¿a quién le importa? ¿Y a quién le importa que miles de mis hijos mueran por falta de medicamentos y enfermedades tan sencillas como el dengue y la chikungunya?
-Ujú…Mire doña República, o Patria como se llame, vamos a referirla a otro lugar; está delicada y hay que hacerle costosos estudios. Mientras tantos necesitamos conseguir una ambulancia, luego tal vez pueda hacerse un telemaratón. Vaya a la farmacia y cómprese estos medicamentos… ¿okey? Llamaré a un amigo, a ver a ver.
Desde lo alto de una mansión, rodeado por una gigantesca seguridad, prostitutas, mafiosos, narcos y tumbapolvos de toda especie, el politiquero Felipo llamó a uno de sus servidores pagado por el Estado, y le preguntó:
-¿Ves esa señora que sale del hospital, toda acabada y casi al borde de la muerte?
Sí, señor; la veo: es doña República, la que es suya.
-Sí, sí; la mía y la de unos pocos más. Pero ése no es el caso: ¡Juye, cáele atrás! Dale pa la receta y consíguele una de mis ambulancias. De paso, háblale a sus demás hijos e infórmales lo que hago por todos; y de seguro que ahí tendremos un gigantesco comité de base, y votos asegurados pa`l dieciséis. Es posible que se olviden de la deuda que tengo con doña República, de las puñaladas y de los saqueos que le hemos venido propinando por tantos años; ya ves que casi todos sus hijos son unos olvidadizos… ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!


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