Heriberto Paulino
Cincuenta
años después, solo quedan los recuerdos de lo que un día fue una villa
con grandes y caudalosos ríos, en los que había manadas de crustáceos y
peses, de extensos y profusos bosques en los que era fácil encontrar
frutos como: toronjas, naranjas, aguacates, mangos, guayabas, caimitos y
cajuiles, entre otros.
La mayoría han desaparecido y los que no, languidecen y caen al
suelo, raquíticos y arrugados, porque no ha sido fácil para cosas tan
sensibles soportar más de cincuenta años de continuo veneno.
Para afluentes como el Yuna, Jatubey, Juma, Masipedro, Maimón y
Yuboa, tampoco ha sido fácil soportar más de cincuenta años de
perforaciones a “sus entrañas”, con gigantescas palas mecánicas, las que
luego esparcen “sus vísceras” en insaciables “faltriqueras” ante las
miradas indecentes “de unas autoridades” que hasta “lloran” porque el
pueblo no le ha permitido “descapotar” una loma.
Cincuenta años después, mi pueblo tampoco es mi pueblo. ¡No señor! El
de ahora es un pueblo viejo y triste, con una caterva de hombres
mutilados y enfermos, porque para el humano tampoco es fácil soportar la
mezcla maldita del arsénico, cromo, mercurio y plomo.
Cincuenta años después, desde Haina, pasando por Villa y hasta La
Peguera, nos sorprendieron con el derrame de un líquido viscoso y negro,
que subrepticiamente, nos enviaban por un obsoleto “feoducto” que nos
hizo recordar a “Juan Comodoro”.
Es por todo eso, que cincuenta años después, Bonao aún no tiene un
hospital decente, un drenaje pluvial, ni un matadero, ni mercado
público, ni un acueducto, ni una triste ambulancia para cargar sus
muertos. En Bonao, amigo lector, no hay nada de nada, porque
sencillamente, las riquezas de este sufrido pueblo se las llevó en
largas y afiladas uñas un criminal halcón, llamado Falcondo.

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