ATENCIÓN

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Carta credencial para el viaje póstumo del poeta Emilio Muñoz Marte (Milito)

Nota de la Dirección:

La Prensa de Ahora, asume la iniciativa de dar a conocer periódicamente, de manera parcial o total, las obras artísticas o culturales de los grupos o autores de Bonao, contentivas de relevantes aportes a la Cultura Local y Nacional.

 
Por: Héctor Bueno

Poeta, sé que te has muerto, y que ya no eres la piedra que desafía el tiempo, ni el árbol que a pesar del inclemente vendaval, ha sabido mantenerse enhiesto. El viento oscuro de la muerte te has doblado, como con sus rachas de hielo, en las llanuras de Vermont, doblaba los verdes abedules del poeta Robert Frost, y aprendía a juguetear en su venerable barba de profeta.
Es el mismo viento que sabe llevar a la montaña la sal de los cerezos, de la montaña al mar, y que desde tu fresca ventana, más de una vez viste correr y ganarle la carrera a la lluvia, despeinar como un muchacho intrépido, los dorados arrozales del Valle del Bonao, el que al contemplar y describir Las Casas, hizo vibrar la hondura de su alma, y en tus libros, en tu prosa transparente se entintó de primavera, de los colores de tu poesía, y del ocre del crespúsculo.
Es el viento que desde tu libro Marsopec, desciende a las estancias sombreadas de los patios, marcados con puñados de cal bajo los nísperos, y en donde los niños se albergan en ronda, y cantan el Alelimon, y el Mambrú se fue a la guerra. Poeta, es el viento que azota tu pálido rostro, recorre el bosque, remonta la ladera hasta alcanzar la cintura del caudaloso Yuna, del escurridizo y espumoso Masipedro, del sombreado y borrascoso Yuboa, del arcilloso Maimón, y luego se desplaza, por sus causes atisbados de leños silvestres y mariposas. Iluminados cauces que cortan en dos el Valle de la Gaita, valle que la fuerza telúrica de tu prosa,

tu palabra de tejedor de sueños, dejó al igual que la remota Comala de Juan Rulfo, la tórrida Piura de Vargas Llosa, o el mágico Macondo de García Márquez, averado a la puerta del mundo.
Poeta, ahora que te enlutas con la muerte, y se acaba el perfil de tu voz, vuelve a mi memoria tu figura bonachona y picara, tu cuerpo de muchacho grande, abrochado siempre a la sencillez de tu camisa, a tu simple equipaje de viajero sempiterno, con el que apremiado por la urgencia, asumías el abordaje de tu bicicleta casi humana y solar, en la que llevabas tu recetario, tu humanidad de médico y poeta a la puerta del pueblo. Ha sido sobre este modesto vehículo, en el que entre agitados trompos, y multicolores pelotas de la chiquillada del barrio, comensales de las mesas con manteles pobres, sabias cruzar con tu sonrisa grande como la mañana, y en la que a lo lejos, muchas veces te vimos perderte de espaldas, entre el infinito claro oscuro del atardecer.
Te imagino en la medianoche, bajo las dilatadas bombillas de la plaza, cuando leías a Darío, a Bécquer, a Shakespeare, a Homero, a Platón, a Dumas, a Víctor Hugo, a Moreno Jiménez, a Mieses Burgos, a Incháustegui Cabral, y de paso junto a tu estampa, y a tu buen gusto de conversador, junto a tu febril devoción por la bohemia, apurabas de un solo trago, tu copa rebosada con la esencia de los ríos de la Patria, con sus furtivas madrugadas, y con sus tupidos bosques de altos cerros.
Poeta, ahora que estás tendido como una espiga muerta, vengo a poner mi canto contra tu herida, la alegría contra la tristeza, la luz contra la noche, y a preguntarte qué has hecho para acabarte, y qué para volver a nacer. Tiraste los dados de la vida y la muerte, y ganaste la vida, la eternidad de la palabra. Vivirás en los personajes de tus libros, en el maestro sencillo, en el boticario, en el contemplador de amaneceres, en la tempranera cortadora de flores, en el trasnochador, en el confeso predicador, en el pícaro, en la gente cotidiana que se universalizó en tu poesía, en tu acabada prosa.
Ahora el viento aleve, el que doblaba abedules y sabía quemarse la boca en la sal de los cerezos, ganarle la carrera a la lluvia, y recorrer los viejos causes, repletos de leños silvestres y mariposas, como tú se ha ido.

Descansa en paz tallador de luceros, en este tránsito de la muerte a la memoria, de la noche al encuentro con la luz. Reclina tu cabeza en el recodo perdido del valle que hizo vibrar su hondura en el alma de Las Casas, y que tú diste en llamar el Valle de la Gaita. Descarga tu liviano equipaje de viajero sempiterno, y tu bicicleta humana y solar. Duerme ahora, hasta que estallen los fuegos de la eternidad.

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