Margarita Cordero / 7 Dias
No siento lástima por Leonel Fernández, pero reconozco que la merece.
Más allá de la política, el drama personal que debe ser el suyo en
estos momentos mueve la conmiseración. Ególatra, construyó una
autoimagen que le permitía ningunear sin más a quien disintiera de sus
opiniones, elevadas a la categoría de concepto por obra y gracia del
lambonismo ambiente.
Esa autovisión onanista lo llevó a hacer afirmaciones que han quedado
para el vademécum de la política vernácula. Como aquella del 9 de abril
de 2008 con la que justificó su rechazo al debate con otros candidatos
porque no sabían “conceptualizar” y debatir sería “una ridiculez”.
Pero el narciso mulato ha encontrado su némesis en un movimiento
social que le enrostra su falta de escrúpulos de gobernante con la
palabra justa: ¡ladrón! El término no es un insulto, es un concepto
colectivo: Leonel Fernández se robó las esperanzas del país de ser
gobernado con decencia, de ser administrado con la mira puesta en el
bienestar común, de ser dirigido por gente honorable.
En el plano más cotidiano, hay 187 mil millones de pesos que ahora
tendremos que buscar entre todos porque Fernández se empeñó en realizar
sus propios delirios y para ello se apropió de lo que no le pertenecía.
Y eso, en español, se llama robar: “Tomar para sí lo ajeno, o hurtar de
cualquier modo que sea”.
Lo que más debe dolerle a Fernández, conjeturo, es que epíteto no lo
grita el manifestante barrial, tan fácil de menospreciar por las elites.
Lo grita a todo pulmón una clase media a la que creyó tener a sus pies
con el cuento chino de la “modernidad” y el “progreso” y poner siempre
en trance con sus pastiches “teóricos”.
No, ya no emboba a la clase media. Frente a Funglode (cuerpo del
delito), en el parque Independencia, en la Plaza de la Bandera, frente
al Teatro Nacional, en las calles que ha tomado por asalto, la clase
media ha pulverizado en menos de un mes el mito de una “superioridad”
construida con los recursos públicos. Y no solo en Santo Domingo, sino
también en todas aquellas ciudades en las que Fernández se sentía entre
iguales.
En la protesta de los dominicanos en Nueva York, una joven levantaba
una pancarta con la leyenda “No subestimen el poder de una juventud
educada y con Smartphone”. Esos son los nuevos tiempos que el
ensimismamiento de Fernández no le permitió ver jamás.
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